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| Participantes en la tradicional marcha de "Los mechones" |
La imagen de Alexis que tenía frente a mí no podía ser más diferente de lo normal, ya que, al estar acostumbrado a verlo con pantalones y camisetas sucias por su trabajo en el torno con el que les da forma y filo a las navajas para gallos, el encontrármelo llevando un vestido (tomado, quizá, del armario de su hermana mayor) y una peluca improvisada, hecha con un trapeador recortado, me hizo darme cuenta de las dimensiones del tradicional recorrido del que iba a formar parte.
“Todo es por echar desmadre, cuñado”, me dice, aplicándose maquillaje bruscamente con los dedos sobre los párpados para rematar su caracterización, y es que cada noche del 14 de septiembre, el barrio de “El perral” ubicado en la cima de la cabecera municipal de Villa Corona, se vuelve el punto de reunión de muchos hombres jóvenes que, por única vez en el año, adoptan la vestimenta femenina como parte de una tradición no oficial que muchos desconocen en su origen, pero que a todos emociona, una fecha en la que sienten que su masculinidad es inmune a las críticas al estar resguardados bajo una peluca, un vestido de sus madres e incluso con una máscara.
Si bien esta tradición no es única de esta población, las variantes que se representan en diferentes partes del estado de Jalisco sobre festividades similares van desde las carreras en tacones en Tlaquepaque hasta las populares “Mojigangas” en Tala, donde la exageración en el vestir de los participantes (todos ellos hombres) llevan la personificación femenina al borde del ridículo, exagerando senos y traseros prominentes con globos y cabellos despeinados que cubren su cara, un factor casi obligado entre los participantes que me rodean en el recorrido que comenzamos a hacer calle abajo por la avenida principal de la colonia, partiendo de las puertas del panteón municipal.
El origen de esta tradición resulta incierto, ya que pudo originarse ante la necesidad de los indígenas de protegerse de los españoles en los tiempos de la colonia, vistiéndose de mujeres para salir a trabajar, o también pudo derivarse de la burla de la clase baja a las familias aristocráticas de la época, al ridiculizar la ostentosidad de las prendas de las mujeres de aquel tiempo.
Lo cierto es que, hasta hoy en día, parece ser que la vestimenta femenina en los hombres es aceptada socialmente cuando de motivo de burla se trata, una hipótesis que puedo llegar a confirmar mientras avanzamos en el recorrido por las calles de la cabecera municipal de Villa Corona, ya que las risas de la gente que se reúne en las banquetas de la localidad llegan amortiguadas y distantes a causa de la música de la banda musical que ameniza la marcha.
De repente, entre la oscuridad de la noche, se divisan fugaces destellos de fuego que son lanzados a las fachadas de casas en abandono o paredes desmoronándose, una señal de que uno de los momentos cúspide del recorrido ha llegado: los mechones tiran de su cabello (pelucas hechas con rafia o de tiras de camisetas viejas) y les prenden fuego amontonándolas en horquillas, mismas que utilizan como catapulta para lanzarlas sobresaliendo de la muchedumbre, un gesto que, según explica Antonio Arenas, historiador del municipio, puede ser tomado como una protesta en contra de los malos tratos de los antiguos hacendados a sus trabajadores.
Mientras avanza la multitud al compás de la noche, las personas que fungen como espectadoras de esta inusual procesión siguen aglomerándose en las calles y asomando sus rostros curiosos por las ventanas y puertas de sus casas. Entre ellos está Víctor, un rostro que me parece familiar y que mira el espectáculo a lo lejos con los brazos cruzados y una mirada perdida, porque, si bien para él es normal usar maquillaje y vestirse de lentejuelas, la gente no suele mostrar esa misma emoción que vive ahora cuando lo ven camino a su trabajo de fin de semana en el bar “La Chicotá”.
“Las llevan (las máscaras) porque tienen miedo de que los veamos y sepamos quiénes son”, me comenta sin quitarles la mirada de encima y jugando de forma inconsciente con una pequeña imagen de la santa muerte que cuelga de su cuello. En sus ojos, se aprecia una sensación similar al enojo, ya que para ella (porque se reconoce e identifica como mujer) cuando por las noches se presenta como Yaneira ante los clientes del bar, las burlas entre las mesas expresadas en susurros son parte de su día a día.
"Llevan máscaras porque tienen miedo de que los veamos y sepamos quiénes son”
Si bien es cierto que la gran mayoría de los hombres que forman parte del recorrido nunca van a admitir que gustan vestirse de mujer, me lleva a pensar que, para los varones heterosexuales, el formar parte de una tradición como esta es una válvula de escape en la que experimentan el lado femenino de su personalidad súper masculina. “No podemos hablar de travestismo porque no hay excitación sexual con esta práctica” me comenta Luis Fernando, un amigo miembro de la comunidad LGBT+ que se desempeña como psicólogo y tanatólogo.
Cuando le pregunto sobre el porqué los hombres participan con tanto optimismo en dicha tradición, no pudo contener dibujar una sonrisa antes de responderme: “porque están emocionados de participar en una actividad que reta el convencionalismo de la sociedad”, dice, enmarcando sus palabras con un gesto de sus manos que invita a reconocer lo evidente, y agrega: “básicamente disfrutan del permiso que el pueblo les da de hacer lo que les impusieron desde chicos que no era correcto”.
Tras girar en una calle en penumbras, las luces de la carretera principal se mezclan con los rayos láser y la música estridente de un bar ubicado en una segunda planta, parada final de un improvisado desfile que ha desafiado no sólo una pandemia, sino también a las autoridades locales de una administración saliente y los estándares de la sociedad.
Iluminados por las escasas lámparas parpadeantes de la calle donde aún se ven los destellos de vestidos brillantes y falsos cabellos rubios, Alexis me acompaña a mi auto tomando de la mano a mi hermana, su novia desde hace casi tres años.
“Se van con cuidado”, nos dice, asomando su cara por la ventana del copiloto para besar a mi hermana como despedida, “me avisan cuando lleguen”, comenta, ignorando las risas discretas de su novia al verlo alejarse con paso desgarbado luciendo un vestido que, quizá, nunca volverá a ponerse.



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